
Los asesinatos de la familia Setagaya: el crimen sin resolver más desconcertante de Japón
En la última noche del año 2000, un asesino masacró a toda una familia en Tokio, permaneció horas comiendo su comida y usando su ordenador, y luego desapareció sin dejar rastro. Veinticinco años después, pese a la enorme cantidad de pruebas de ADN, el caso sigue sin resolverse.
En las últimas horas antes de que amaneciera el nuevo milenio, mientras Tokio se preparaba para celebrar el año 2001, un asesino entró por la ventana del baño de una tranquila casa familiar en el barrio de Setagaya. Lo que ocurrió a continuación se convertiría en el crimen sin resolver más infame de Japón: un delito tan audaz, tan metódico y tan rico en pruebas forenses que los investigadores siguen sin entender cómo el autor ha eludido su captura durante más de dos décadas.
La última noche
La familia Miyazawa llevaba una vida corriente en su casa de tres plantas junto al parque Soshigaya. Mikio, de 44 años, era ingeniero de sistemas. Su mujer, Yasuko, de 41 años, cuidaba de sus dos hijos: Niina, de ocho años, y Rei, de seis. La madre de Yasuko vivía en la casa de al lado.
La noche del 30 de diciembre de 2000, Niina fue a casa de su abuela a ver la televisión. Fue la última vez que alguien ajeno a la familia los vio con vida. A las 22:38, Mikio inició sesión en su correo electrónico protegido con contraseña: su última actividad registrada.
Poco después de medianoche, el asesino atacó.
Un crimen que desafía toda lógica
El asesino entró por la ventana del baño del segundo piso, que no estaba cerrada con llave, retirando la mosquitera y trepando por una unidad de aire acondicionado. Encontró a Rei, de seis años, durmiendo en su habitación y lo estranguló con sus propias manos.
Mikio escuchó el alboroto y subió corriendo a enfrentarse al intruso. Se produjo una violenta pelea. El asesino apuñaló a Mikio repetidamente en la cabeza con un cuchillo de sashimi que había llevado consigo. La hoja se partió dentro del cráneo de Mikio.
Sin inmutarse, el asesino cogió un cuchillo santoku de la cocina de los Miyazawa y lo usó para matar a Yasuko y a Niina. En cuestión de minutos, toda una familia había muerto.
Pero lo que ocurrió después es lo que convierte esta tragedia en un misterio que no deja de crecer.
El asesino que no se marchaba
La mayoría de los asesinos huyen de inmediato. Este se quedó.
Durante un período de entre dos y diez horas, el asesino permaneció en la casa junto a los cuerpos de sus víctimas. Se sirvió cuatro botellas de té de cebada de la nevera. Comió melón. Consumió cuatro vasitos individuales de helado. Usó el ordenador de la familia y se conectó a internet entre la 1:18 y la 1:23 de la madrugada.
Usó el baño y no tiró de la cadena.
Se trató las heridas de la pelea con Mikio usando el botiquín de primeros auxilios de la familia. Es posible que echara una cabezada en el sofá del segundo piso, aunque los investigadores no han podido confirmarlo.
Cuando finalmente se marchó, abandonó la escena del crimen más rica en pruebas de la historia de Japón, y jamás volvió a ser visto.
Montañas de pruebas, ningún sospechoso
El asesino dejó atrás su ADN, huellas dactilares, huellas de calzado, heces, sangre, ropa, un bolso de cadera, guantes, un gorro, una bufanda, dos pañuelos y el arma del crimen rota. Los investigadores han conseguido reconstruir casi todo sobre él, salvo su identidad.
Del análisis de sus heces, la policía determinó que el día anterior había comido judías verdes y semillas de sésamo. La ropa y el cuchillo de sashimi se rastrearon hasta tiendas de la prefectura de Kanagawa. Sus zapatillas eran unas Slazenger de fabricación surcoreana; de su camiseta en concreto tan solo se fabricaron unos 130 pares, y los investigadores han localizado únicamente a doce compradores.
Quizás lo más inquietante: pequeñas cantidades de arena halladas en el bolso de cadera procedían de la Base Aérea de Edwards, en el desierto de Nevada (California), así como de un skatepark japonés.
El análisis de ADN reveló que el asesino es hombre, de sangre tipo A. Su perfil genético apunta a una ascendencia mixta: el ADN materno sugiere una posible ascendencia del sur de Europa o del Mediterráneo, mientras que el ADN paterno muestra un origen asiático oriental compatible con coreano, chino o japonés. El haplogrupo del cromosoma Y aparece en uno de cada cuatro o cinco coreanos, en uno de cada diez chinos y en uno de cada trece hombres japoneses.
Era joven: la policía cree ahora que tenía entre 15 y 22 años en el momento de los crímenes. Medía alrededor de 170 centímetros, era delgado y diestro.
Y sin embargo, pese a la mayor investigación de la historia de Japón, con más de 246.000 actuaciones policiales, no se ha encontrado ninguna coincidencia.
La casa que sigue en pie
En una decisión inusual, las autoridades japonesas han conservado la casa de los Miyazawa tal y como estaba en aquella terrible noche. La casa sigue junto al parque Soshigaya, mantenida por el Departamento de Policía Metropolitana de Tokio como monumento al caso, y como recordatorio de su fracaso para resolverlo.
Cada año, el 30 de diciembre, la policía instala un puesto de mando cerca del lugar, distribuyendo folletos y solicitando información. Cada año, vuelven con las manos vacías.
El caso fue un catalizador para una reforma legal. En 2010, Japón abolió la prescripción de los delitos castigados con la pena de muerte, un cambio impulsado en parte por la indignación pública ante la posibilidad de que el asesino de Setagaya pudiera escapar a la justicia simplemente dejando que el tiempo corriera.
Teorías e interrogantes
¿Por qué se quedó el asesino tanto tiempo? ¿Esperaba algo? ¿Buscaba algo? ¿O simplemente le era indiferente que lo atraparan?
¿Por qué llevó su propio cuchillo pero dejó tantas pertenencias personales? El bolso de cadera contenía arena de dos continentes. ¿Quién era esa persona que, al parecer, tenía vínculos tanto con una instalación militar estadounidense como con la cultura del skateboard japonés?
Algunos investigadores creen que el asesino era un joven estudiante extranjero, posiblemente de ascendencia mixta asiática y europea, que huyó de Japón tras los crímenes. Otros sugieren que podría haber sido un inmigrante en situación irregular que temía que la familia lo denunciara. Hay quienes teorizan que conocía personalmente a los Miyazawa.
En diciembre de 2021, la policía anunció que había usado nueva tecnología para identificar a una persona que había comprado el mismo tipo de cuchillo empleado en los crímenes. Por un momento, la esperanza se avivó. Pero las pruebas de ADN lo descartaron.
La espera eterna
El caso Miyazawa obsesiona a Japón precisamente porque debería haberse resuelto. El asesino dejó atrás todo lo que los investigadores podrían necesitar: todo excepto un nombre. Comió su comida, usó su baño, navegó por su internet y se adentró en la noche de Tokio cargando con secretos que veinticinco años de investigación no han logrado desvelar.
En algún lugar del mundo, un hombre de unos cuarenta y tantos años guarda los recuerdos de aquella noche. Quizás vive en Japón. Quizás en Corea. Quizás en algún rincón de Europa donde sus antepasados maternos vivieron en otra época. Quizás cerca de la Base Aérea de Edwards, donde la arena de su bolso de cadera alguna vez fue arrastrada por el viento del desierto.
La casa de los Miyazawa sigue en pie. La policía sigue esperando. Y el primer misterio del nuevo milenio continúa sin resolverse.
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