
La desaparición de Granger Taylor: el hombre que se esfumó para subir a un ovni
Una noche de tormenta en 1980, un brillante mecánico dejó una nota en la que decía que iba a abordar una nave extraterrestre para un viaje de 42 meses. Nunca más se supo de él.
La tarde del 29 de noviembre de 1980, vientos huracanados azotaron la isla de Vancouver, en la Columbia Británica. La lluvia golpeaba las ventanas de las granjas y los truenos retumbaban entre las montañas. En algún punto de aquella tormenta rugiente, Granger Taylor, de 32 años, subió a su camioneta Datsun de color rosa chillón y se adentró en la oscuridad.
Dejó una nota pegada en la puerta del dormitorio de sus padres:
«Querida madre, querido padre: me he ido para embarcarme en una nave espacial extraterrestre. Sueños recurrentes me han garantizado un viaje interestelar de 42 meses para explorar el vasto universo y regresar después. Os dejo todas mis pertenencias, pues ya no voy a necesitarlas. Seguid las instrucciones de mi testamento como guía. Con cariño, Granger.»
En el testamento manuscrito, Taylor había tachado la palabra «muerte» y la había sustituido por «partida».
Nunca más se supo de él.
El genio de la mecánica
Lo que hace tan perturbadora la desaparición de Granger Taylor no es la extraña nota, sino quién era él antes de desvanecerse.
Por todos los testimonios disponibles, Taylor era un auténtico genio de la mecánica. Abandonó la escuela hacia octavo grado, incapaz de encontrar interés en la educación convencional. Pero bastaba con darle una máquina averiada para que ocurriera algo casi sobrenatural.
De adolescente, restauró un coche de un solo cilindro y puso a punto una excavadora que utilizó para ayudar a los vecinos en obras de construcción. Sacó de un bosque una locomotora de vapor herrumbrosa y la restauró con tal maestría que se convirtió en pieza permanente del BC Forest Discovery Centre de Duncan.
Su obra maestra fue un caza Kittyhawk P-40 de la Segunda Guerra Mundial. Taylor encontró los restos del aparato y, pieza a pieza, lo reconstruyó en el patio trasero de sus padres. Sin formación académica. Trabajaba por intuición, con una comprensión innata de cómo encajan las máquinas. Cuando terminó, un coleccionista lo compró por decenas de miles de dólares.
«En mi opinión, era un genio», dijo Robert Keller, su mejor amigo. «Creo que era un genio en el límite de la locura.»
La nave espacial en el jardín
A finales de la década de 1970, los intereses de Taylor dejaron atrás las máquinas terrestres para apuntar hacia algo mucho más ambicioso. Se obsesionó con el espacio, los ovnis y la posibilidad de vida más allá de la Tierra.
Era la época de Encuentros en la tercera fase, La guerra de las galaxias y Star Trek. La cultura ovni había irrumpido con fuerza en el imaginario colectivo. Pero Taylor no se conformaba con ver películas sobre el espacio: intentó construirse su propio camino hacia las estrellas.
Usando dos antenas parabólicas, piezas sueltas del vertedero local y meses de soldadura, Taylor construyó en la granja de sus padres una réplica a tamaño real de una nave espacial. La equipó por dentro con un televisor, un sofá y una estufa de leña. Pasaba horas sentado dentro, pensando; a veces dormía allí.
Douglas Curran, autor de In Advance of the Landing: Folk Concepts of Outer Space, visitó la creación de Taylor antes de la desaparición. Lo describió como «obsesionado con descubrir cómo se impulsaban los platillos volantes».
Pero Taylor no se limitaba a soñar con los viajes espaciales. Afirmaba estar en comunicación con extraterrestres.
Aproximadamente un mes antes de desaparecer, Taylor le contó a su amigo Bob Nielson que mantenía contacto mental directo con seres de otra galaxia. «Se tumbaba y recibía comunicaciones mentales de alguien», recordó Nielson. «No los veía... simplemente le hablaban a la mente.»
La mayoría de la gente creía que Taylor simplemente desvariaba. Otros no estaban tan seguros.
La noche de la tormenta
El 29 de noviembre de 1980, Taylor fue visto por última vez en Bob's Grill, un restaurante local, hacia las 18:30. Según los testigos, dijo a todos que iba a encontrarse con los extraterrestres.
Nadie le creyó.
Luego subió a su Datsun rosa y desapareció en la tormenta.
La policía buscó durante meses. El camión, al menos, debería haber sido fácil de encontrar: un vehículo rosa chillón no pasa precisamente desapercibido. Pero no apareció nada. Ni el camión. Ni el cuerpo. Ni rastro alguno.
«Cabría esperar que, como mínimo, el coche apareciera», dijo el cabo Mike Demchuk de la Real Policía Montada de Canadá. «Algo tan grande no desaparece sin que alguien se entere.»
El lugar de la explosión
Durante seis años, el caso quedó archivado.
Entonces, en marzo de 1986, unos trabajadores forestales de la zona hicieron un macabro hallazgo cerca del monte Prevost, no lejos de la casa de los padres de Taylor. Encontraron los restos de un vehículo destruido en una enorme explosión. Entre los escombros había fragmentos de huesos humanos y un trozo de la característica camisa de Taylor.
El número de identificación del vehículo lo confirmó: era la Datsun rosa de Taylor.
La investigación reveló que la noche de la desaparición habían desaparecido explosivos de la propiedad de los padres de Taylor. Él utilizaba dinamita habitualmente para volar tocones de árboles, una práctica común en la Columbia Británica rural de la época. Sabía manejar explosivos.
El jurado de instrucción concluyó que Taylor había muerto en la explosión, aunque si fue accidental o intencionada quedó sin determinar.
¿Qué ocurrió realmente?
La versión oficial es sencilla: Taylor condujo hasta un remoto tramo de montaña con dinamita en la camioneta. En algún momento de aquella noche de tormenta, la dinamita explotó y lo mató en el acto.
Pero esta explicación plantea tantas preguntas como responde.
Si Taylor pretendía quitarse la vida, ¿por qué dejar la elaborada nota sobre los viajes extraterrestres? ¿Por qué dejar un mapa en el reverso (cuyo significado nunca se dilucidó)? ¿Por qué tachar «muerte» en su testamento y escribir «partida» en su lugar?
Y si fue un accidente —si la dinamita simplemente detonó mientras Taylor conducía—, ¿qué hacía él en aquella carretera de montaña en plena tormenta?
Quienes le conocieron han ofrecido distintas teorías:
La teoría de la soledad: la hermanastra de Taylor, Joan Mayo, cree que su hermano se sentía profundamente solo. «Tenía su propia forma de hacer las cosas... simplemente era diferente», dijo. A pesar de su complexión física —era robusto y fuerte, conocido por su afición a hacer luchitas con los amigos—, Taylor era dolorosamente tímido e introvertido. Le costaba encajar. Quizá la nota sobre los extraterrestres fuera simplemente una manera de dar sentido a una partida que no sabía explicar de otro modo.
La teoría de las drogas: la hermana de Taylor, Grace Anne Young, cree que el LSD tuvo algo que ver. Según familiares, Taylor llevaba meses tomando ácido con frecuencia antes de su desaparición, a veces varias veces al día. Su prima Jaclyn escribió en una carta que amigos suyos decían que «Granger tomó bastante ácido durante el verano» y que «hablaba con frecuencia de irse al espacio exterior y de estar en algún tipo de contacto mental con un extraterrestre».
¿Habían borrado los psicodélicos la frontera entre imaginación y realidad para Taylor? ¿Creía de verdad que iba a encontrarse con extraterrestres aquella noche?
La teoría de la escapada: Robert Keller, el mejor amigo de Taylor, nunca creyó que fuera un suicidio. Recordaba que Taylor decía que si alguna vez quisiera desaparecer, «se dejaría barba, se mudaría a otro país y nadie sabría una mierda de dónde está». ¿Pudo haberse simulado la explosión? ¿Pudo Taylor haber empezado una nueva vida en otro lugar, dejando atrás el pueblo pequeño donde nunca llegó a encajar del todo?
Las preguntas sin respuesta
Más de cuatro décadas después, el caso de Granger Taylor sigue oficialmente sin resolver, no porque no sepamos qué le mató, sino porque no sabemos por qué.
Los fragmentos de huesos encontrados en el lugar de la explosión nunca se identificaron de forma definitiva mediante pruebas de ADN (aunque la tecnología disponible en 1986 era limitada). Algunos han señalado que el cuerpo nunca se recuperó en ningún sentido significativo: solo fragmentos dispersos por la ladera de la montaña.
Los rumores persisten en internet: que el cuerpo de Taylor apareció colgado en un árbol cerca del lugar de la explosión (sin confirmar), que fue reclutado por una agencia gubernamental secreta interesada en sus habilidades mecánicas, que los extraterrestres realmente se lo llevaron.
La nave espacial que Taylor construyó en la granja de sus padres también desapareció con el tiempo. Nadie parece saber qué fue de ella.
Un genio mirando al cielo
Lo que nos queda es el retrato de un hombre que no encajaba en el mundo en el que había nacido.
Granger Taylor podía reconstruir un caza de la Segunda Guerra Mundial sin formación alguna. Podía mirar cualquier máquina rota e intuir intuitivamente cómo repararla. Era, según todos los testimonios, un auténtico genio.
Pero el genio no garantiza la felicidad. Taylor era tímido en un mundo que recompensa la extroversión. Era excéntrico en una pequeña ciudad de clase trabajadora que valoraba la conformidad. No terminó octavo de primaria, pero era capaz de resucitar una locomotora de vapor del óxido y la ruina.
Quizá la nota sobre los extraterrestres fuera un delirio. Quizá fueran las drogas. Quizá fuera la desesperada metáfora de un hombre que quería escapar de una vida en la que nunca perteneció.
O quizá —como a veces se pregunta Robert Keller cuando levanta la vista al cielo nocturno— si alguien hubiera podido encontrar el camino hasta las estrellas, ese habría sido Granger Taylor.
Al fin y al cabo, cuando se proponía algo, lo conseguía.
La desaparición de Granger Taylor fue objeto de un documental de la CBC titulado «Spaceman» y del pódcast Unsolved Mysteries. El caso sigue oficialmente abierto.
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