
Orígenes: cómo se inventaron los ejércitos
Los ejércitos profesionales parecen atemporales, pero fueron una invención. El registro histórico apunta a las formaciones sumerias, el Egipto de la Edad del Bronce y la instrucción macedonia, no a una naturaleza humana eterna.
La imagen popular de la guerra antigua es atemporal: los hombres siempre han empuñado armas y luchado en grupos, dice la narrativa habitual, así que «el ejército» no sería más que la naturaleza humana llevada a gran escala. Es una idea cómoda, y es errónea. Las formaciones militares organizadas, disciplinadas y sostenidas por el Estado son una invención con un punto de partida rastreable, no un rasgo eterno de la sociedad humana. Antes de esa invención, el conflicto probablemente se parecía más a incursiones y escaramuzas entre bandas poco organizadas que a las filas marchando que conocemos por la historia posterior.
El registro real, reconstruido a partir de relieves en piedra, tablillas administrativas y la arqueología de los primeros Estados, revela algo mucho más concreto e interesante que una turba armada con lanzas.
El mito de la guerra organizada eterna
La historia popular y no pocos documentales tratan la guerra como una constante a lo largo de toda la existencia humana, en la que solo cambia la tecnología. Cavernícolas con garrotes, tribus antiguas con lanzas, caballeros medievales con espadas: la misma actividad básica, distinto atrezo.
Pero la «guerra organizada» no es simple violencia. Exige disciplina de formación, una jerarquía de mando, equipamiento estandarizado y una logística que mantenga alimentados y abastecidos a los combatientes mientras están lejos de sus ocupaciones habituales. Las pruebas de ese tipo de organización no se remontan a la prehistoria. Existen evidencias óseas de violencia grupal desde el Mesolítico, incluidas fosas comunes que sugieren conflictos entre grupos, pero nada en esas pruebas apunta a filas instruidas ni a una estructura de mando. Lo que llamamos «ejércitos» en sentido institucional parece ser un producto de las primeras ciudades y Estados, no una condición humana universal por defecto.
Sumeria y las primeras filas instruidas
La evidencia sólida más antigua de una guerra basada en formaciones procede del sur de Mesopotamia en el III milenio a. C., la época de las ciudades-estado sumerias como Lagash, Umma y Ur.
La estela de los buitres, un monumento fragmentario de piedra caliza encargado por Eannatum, gobernante de Lagash, para conmemorar una victoria sobre la ciudad rival de Umma, es probablemente la pieza de evidencia más citada de todas. Los especialistas suelen situarla en algún momento del siglo XXV a. C., aunque la fecha exacta se debate. Uno de los paneles que se conservan muestra un bloque compacto de infantería con casco avanzando hombro con hombro, con los escudos solapados y las lanzas niveladas al unísono. Se parece, de forma inconfundible, a una falange, siglos antes de las formaciones griegas a las que normalmente se atribuye la invención de la idea.
El estandarte de Ur, una pequeña caja con incrustaciones de función incierta (pudo ser la caja de resonancia de un instrumento musical, un estandarte propiamente dicho, o algo completamente distinto), hallado en el Cementerio Real de Ur y datado por lo general hacia el 2600-2400 a. C., cuenta una historia similar desde el otro lado. Su «panel de guerra» muestra infantería en filas, carros de combate de cuatro ruedas tirados por asnos u onagros, y soldados organizados claramente por equipamiento: unos con capas y hachas, otros con lanzas. Ese tipo de clasificación visual sugiere categorías organizativas reales, no un simple adorno del artista.
Ninguno de los dos objetos es una fotografía, y ambos son propaganda encargada por un gobernante victorioso, así que cabe suponer cierta exageración. Pero la coherencia entre ambos, realizados en ciudades distintas, resulta difícil de explicar a menos que el combate en formación fuera ya una práctica reconocible en Sumeria, y no una invención de los artistas.
Egipto: de las levas a un cuerpo profesional
El Egipto del Reino Antiguo y del Reino Medio, aproximadamente desde el III milenio hasta comienzos del II milenio a. C., libraba sus guerras sobre todo con levas obligatorias: campesinos y jornaleros movilizados bajo mando regional o provincial durante una temporada de campaña y licenciados de nuevo en cuanto la cosecha los reclamaba. Funcionaba, pero no era una institución permanente.
Esto parece cambiar en el Reino Nuevo, datado convencionalmente a partir del siglo XVI a. C. Egipto había vivido recientemente el dominio de los hicsos, gobernantes extranjeros en el delta del Nilo asociados a la introducción del carro tirado por caballos en la guerra egipcia, y el trauma de ese periodo parece haber empujado al Estado egipcio reunificado a mantener fuerzas permanentes y profesionales en lugar de depender exclusivamente de levas estacionales. La organización militar del Reino Nuevo, conocida sobre todo por relieves de templos, papiros administrativos e inscripciones funerarias, muestra divisiones bautizadas con nombres de dioses, oficiales con rango, cuerpos de carros dedicados y algo parecido a soldados de carrera en lugar de campesinos con lanzas prestadas. Los registros de campaña de gobernantes como Tutmosis III describen la logística: depósitos de grano, puestos de agua y líneas de abastecimiento que se extendían hasta el Levante, el tejido conectivo que convierte a un grupo de hombres armados en un ejército.
Este es el cambio que merece subrayarse: la profesión militar, como ocupación diferenciada y sostenida por el Estado, es un desarrollo documentado de la Edad del Bronce, no algo que simplemente existiera siempre junto a la agricultura y la cerámica.
Macedonia y el fin del ciudadano-soldado aficionado
Para la época clásica, las ciudades-estado griegas combatían con falanges hoplitas: ciudadanos propietarios de su propia armadura de bronce y sus lanzas, entrenados de manera informal, que se formaban para una campaña y luego regresaban a sus tierras y talleres. Era un sistema organizado, pero seguía siendo, en esencia, una milicia ciudadana a tiempo parcial.
Filipo II de Macedonia, que gobernó del 359 al 336 a. C., no inventó la formación masiva de infantería. Lo que construyó él, y lo que su hijo Alejandro Magno perfeccionó durante sus campañas desde el 336 a. C. hasta su muerte en el 323 a. C., fue algo mucho más cercano a un ejército profesional permanente: soldados instruidos todo el año, que cobraban un salario, equipados con la sarissa (una pica que, según se dice, era varios metros más larga que la tradicional lanza hoplita) y organizados en unidades de armas combinadas que integraban infantería, caballería y capacidad de asedio bajo una única estructura de mando. Las fuentes que describen la longitud exacta de la sarissa y las reformas concretas de Filipo varían y en parte se escribieron generaciones después, por lo que las cifras precisas deben tomarse con cautela. El cuadro general, sin embargo, está bien respaldado: se trataba de instrucción y preparación permanente como una inversión estatal deliberada, no de una movilización ciudadana estacional.
El efecto sobre el resto del mundo griego se pareció más a la obsolescencia que a una simple derrota. En batallas como la de Queronea, en el 338 a. C., las fuerzas macedonias vencieron a los ejércitos coaligados de ciudades-estado griegas que aún se organizaban según el antiguo modelo de milicia ciudadana. En el plazo de una generación, la leva hoplita, apenas instruida, dejó de ser efectivamente el modelo dominante de la guerra terrestre griega, sustituida por la fuerza permanente, profesional y financiada por el Estado que Macedonia había inaugurado y que los reinos helenísticos heredarían y ampliarían tras la muerte de Alejandro.
Lo que realmente tuvo que existir antes
Nada de esto podría haber ocurrido sin unas condiciones de base que tardaron milenios en desarrollarse. Un Estado necesita un excedente alimentario lo bastante fiable como para alimentar a hombres que no cultivan la tierra. Necesita un sistema de tributación o impuestos que convierta ese excedente en salarios, raciones de grano o equipamiento. Necesita una metalurgia lo bastante avanzada y estandarizada como para armar a cientos o miles de hombres con armas más o menos similares, en lugar de lo que cada uno tuviera a mano. Y necesita un sistema de registro (las tablillas cuneiformes de Sumeria y los papiros administrativos de Egipto se encuentran entre los primeros ejemplos) para llevar la cuenta de quién debe qué y quién debe prestar servicio.
Juntos, esos requisitos explican por qué los ejércitos organizados aparecen agrupados en los mismos tiempos y lugares que las primeras ciudades, los primeros sistemas de escritura y los primeros recaudadores de impuestos. La guerra no necesitaba esperar a la crueldad ni a la ambición, que presumiblemente existían mucho antes. Necesitaba burocracia.
La distancia entre el mito y el registro histórico
La versión cómoda de la historia militar va directa a las batallas y a los generales, y trata al ejército mismo como un telón de fondo constante. La versión documentada es más extraña: la guerra organizada es una tecnología, inventada de forma gradual por los primeros Estados, que necesitaban una manera de convertir a los campesinos y el excedente alimentario en una fuerza de combate controlable. Los gobernantes sumerios tallaron en piedra la evidencia más clara y temprana de filas instruidas para presumir de ella. Los administradores egipcios plasmaron en papiro la logística de un cuerpo profesional. Los reyes macedonios convirtieron la propia instrucción en un arma que dejó obsoleto al viejo ciudadano-soldado.
La imagen de la turba armada con lanzas no es historia. Es lo que existió antes de los primeros ejércitos de la historia, y desapareció del registro histórico por una razón.
Respuestas rápidas
Preguntas frecuentes sobre este tema
¿Cuál es la evidencia más antigua de un ejército organizado?
La evidencia más sólida y temprana procede de Sumeria, a mediados del III milenio a. C. La estela de los buitres, encargada por el gobernante Eannatum de Lagash, muestra a la infantería marchando en filas cerradas con los escudos solapados detrás de una línea de lanzas, y el panel de guerra del estandarte de Ur muestra soldados y carros organizados por tipo de equipamiento. Ambos indican un combate instruido y basado en formaciones, no una turba desorganizada de hombres armados.
¿Tenía el antiguo Egipto un ejército profesional permanente?
Al principio no. El Egipto del Reino Antiguo y del Reino Medio dependía sobre todo de levas reclutadas para una campaña concreta y licenciadas después. Un ejército reconociblemente profesional, con unidades permanentes, rangos de oficiales y logística dedicada, está mejor documentado en el Reino Nuevo, a partir aproximadamente del siglo XVI a. C., después de que el contacto de Egipto con los gobernantes hicsos y su forma de guerra con carros empujara al Estado a mantener fuerzas permanentes.
¿Inventó Filipo II de Macedonia la falange?
No. Las formaciones masivas de lanceros existían en Grecia desde siglos antes que él, sobre todo la falange hoplita de las ciudades-estado clásicas. La aportación de Filipo II, desarrollada después por su hijo Alejandro Magno, consistió en alargar la lanza hasta convertirla en la sarissa, transformar a ciudadanos-soldado a tiempo parcial en profesionales a tiempo completo e integrar la infantería con la caballería mediante tácticas de armas combinadas, lo que dejó obsoletos casi de la noche a la mañana a los antiguos ejércitos de milicias ciudadanas.
¿Por qué no existieron antes los ejércitos organizados en la historia humana?
Los ejércitos organizados requieren un Estado capaz de alimentar, armar y coordinar a grandes grupos de hombres alejados de sus tierras de cultivo durante periodos prolongados. Eso exige excedente de grano, sistemas de tributación o impuestos, metalurgia capaz de producir armas estandarizadas y un sistema de registro para controlar suministros y personal. Esas condiciones no existían antes de que se formaran las primeras ciudades y Estados en Mesopotamia y Egipto durante el IV y el III milenio a. C., por lo que la guerra a gran escala anterior a esa fecha se libró casi con toda seguridad mediante partidas de saqueo informales, no mediante ejércitos organizados.
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