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Los crímenes del Fantasma de Texarkana: el asesino encapuchado que sembró el terror en una ciudad fronteriza
7 mar 2026Casos sin resolver7 min de lectura

Los crímenes del Fantasma de Texarkana: el asesino encapuchado que sembró el terror en una ciudad fronteriza

En 1946, un encapuchado apodado el Fantasma acechó a las parejas de Texarkana, mató a cinco personas y desapareció sin dejar rastro. El caso inspiró el cine de terror y sigue sin resolverse.

En la primavera de 1946, las ciudades gemelas de Texarkana —a caballo entre la frontera de Texas y Arkansas— se convirtieron en el coto de caza de un asesino que jamás sería capturado. A lo largo de diez semanas, una figura encapuchada acechó a parejas aparcadas en caminos apartados, atacó a ocho personas y mató a cinco. Los periódicos lo bautizaron como el Fantasma. Los lugareños lo llamaron el Reinado del Terror. Ocho décadas después, seguimos sin saber su nombre. (Para conocer otros asesinos en serie americanos que escaparon a los investigadores, véanse los Crímenes del Alfabeto de Rochester y el Hachero de Nueva Orleans.)

El primer ataque: 22 de febrero de 1946

Jimmy Hollis, de 25 años, y Mary Jeanne Larey, de 19, habían aparcado en un camino tranquilo a las afueras de Texarkana. Hacia las 23:45, un hombre se acercó a su coche. Llevaba una capucha blanca sobre la cara con agujeros cortados para los ojos, un detalle que perseguiría a los supervivientes y definiría el caso.

El agresor ordenó a Hollis que saliera del coche y luego lo golpeó salvajemente con un objeto contundente. Cuando Larey intentó huir, el hombre la alcanzó, la agredió sexualmente con el cañón de un arma y dejó a ambas víctimas por muertas en una cuneta.

Milagrosamente, los dos sobrevivieron. Pero sus descripciones del agresor encapuchado sirvieron de poco a los investigadores. En 1946, la ciencia forense era rudimentaria. No existía el análisis de ADN, ni bases de datos criminales, ni forma de relacionar el ataque con ningún delincuente conocido.

La policía lo descartó como una agresión aislada. Se equivocaron.

La escalada: empiezan los asesinatos

24 de marzo de 1946 — Exactamente tres semanas después, el Fantasma volvió a atacar. Richard Griffin, de 29 años, y Polly Ann Moore, de 17, fueron hallados muertos en el Oldsmobile de Griffin en un camino frecuentado por parejas cerca del Spring Lake Park. Ambos habían recibido un disparo en la nuca. El cuerpo de Moore presentaba signos de agresión sexual. El asesino había esperado con paciencia, observándolos desde la oscuridad.

14 de abril de 1946 — Tres semanas exactas después, Paul Martin, de 16 años, y Betty Jo Booker, de 15, fueron atacados al salir de un baile en el Círculo de Veteranos. El cuerpo de Martin fue encontrado en un camino de tierra, con cuatro disparos. El de Booker no apareció hasta la mañana siguiente, a poco más de dos kilómetros de allí, en un arbolado. Le habían disparado dos veces en la cara. Su estuche de saxofón estaba cerca; ella había tocado en el baile.

El patrón de tres semanas no pasó desapercibido a los investigadores. Tampoco la brutalidad creciente.

Una ciudad aterrorizada

Para abril, Texarkana estaba en el límite de la histeria. Los vecinos agotaron todas las armas de las tiendas locales. Las ferreterías se quedaron sin cerraduras. Las familias dormían por turnos, con alguien siempre despierto y armado. Las parejas jóvenes abandonaron por completo los caminos apartados. El Arkansas Gazette informó de que «se colocaban pesos en las puertas de los coches para que no se pudieran abrir».

El capitán de los Rangers de Texas M. T. «Lone Wolf» Gonzaullas llegó para dirigir la investigación: un legendario agente de la ley que había sobrevivido a tiroteos, redadas y la peor violencia del auge petrolífero en Texas. Trajo técnicas modernas: entrevistas sistemáticas, análisis detallado de la escena del crimen, una batida regional coordinada. Se interrogó a más de 400 sospechosos. Ninguno encajaba.

El último ataque: 3 de mayo de 1946

Virgil Starks, de 36 años, estaba sentado en su granja leyendo el periódico cuando una bala atravesó la ventana e impactó en su cabeza. Su esposa Katie, de 35 años, oyó el disparo y acudió corriendo a encontrar a su marido agonizando. Entonces vio la figura encapuchada en la ventana.

Dos balas más alcanzaron a Katie en la cara cuando intentaba huir. Pero sobrevivió. Sangrando profusamente, con los dientes destrozados, se arrastró hasta casa de un vecino y aporreó la puerta hasta que llegó ayuda.

Este ataque rompió el patrón. No era un camino de parejas. Las víctimas no eran jóvenes. El asesino había acechado un hogar. Aun así, los investigadores lo vincularon al Fantasma por el momento, la capucha y la evidencia balística que parecía coincidir con escenas de crímenes anteriores.

El hundimiento de la investigación

Gonzaullas y su equipo siguieron centenares de pistas. Detuvieron a varios sospechosos que al final tenían coartada. Investigaron rumores sobre implicación del KKK, vagabundos, desertores del ejército e incluso una mujer cuyo marido era persona de interés.

Su mejor pista fue Youell Swinney, un ladrón de coches y delincuente menor cuya esposa, Peggy, le dijo a la policía que él era el Fantasma. Aseguró haber estado presente en uno de los ataques. Pero la ley de Texas en aquella época impedía que una esposa testificara contra su marido, y Peggy Swinney se retractó de su declaración en múltiples ocasiones, lo que la hacía poco fiable.

Swinney fue condenado por robo de coches y sentenciado a cadena perpetua como delincuente habitual. Murió en prisión en 1994 sin ser acusado nunca de asesinato. Muchos investigadores siguieron convencidos de que era su hombre. Pero convicción y certeza no son lo mismo.

El fin del patrón

Tras el 3 de mayo, los ataques cesaron. Sin explicación, sin víctima final, sin resolución. El Fantasma sencillamente desapareció.

Varias teorías intentan explicar el cese:

  • El asesino murió o fue encarcelado por otro delito. Si Swinney era el Fantasma, su detención de 1946 por robo de coches explicaría la parada repentina.
  • El asesino se marchó. Los agresores en serie a veces se trasladan, y durante los años siguientes se registraron asesinatos sin resolver similares en otros estados.
  • La mayor presencia policial y una población armada hicieron que cazar fuera demasiado peligroso. A diferencia de la mayoría de los asesinos en serie, quizás este tenía un fuerte instinto de supervivencia.
  • El asesino nunca fue de la zona. Algunos investigadores creyeron que era un transeúnte que pasó por Texarkana y siguió su camino.

La sombra cultural

Los crímenes de Texarkana inspiraron la película de 1976 La ciudad que tuvo miedo de la oscuridad, que dramatizó los ataques y se convirtió en un clásico de culto. El film consolidó la imagen del asesino —la capucha de arpillera, la presencia acechante, los ataques a coches aparcados— en el imaginario del terror americano.

Los especialistas en cine sostienen que el caso de Texarkana ayudó a alumbrar el subgénero del slasher. El asesino enmascarado que acecha a las parejas, la superviviente final, el mal aparentemente imparable; elementos que definirían Halloween y Viernes 13 hunden sus raíces en los crímenes reales del Fantasma.

Cada año, Texarkana proyecta la película original en un parque de la ciudad. El público la ve desde sus coches, viendo una película sobre un asesino que cazaba a personas en coches, en la misma ciudad donde ocurrió de verdad. Es una extraña forma de terapia colectiva, o quizás de exorcismo.

Lo que sigue sin saberse

El caso de Texarkana resulta especialmente frustrante porque podría resolverse. Existen pruebas. Los crímenes quedaron ampliamente documentados. Se recuperaron proyectiles. Las descripciones de los testigos, aunque imperfectas, ofrecen parámetros.

Las pruebas de ADN modernas podrían extraer material genético de las evidencias conservadas, si es que estas se han preservado correctamente durante ochenta años. El Departamento de Policía de Texarkana y la Oficina del Sheriff del condado de Bowie mantienen expedientes sobre el caso, aunque ambas agencias reconocen que muchos objetos físicos se han perdido con el tiempo y los cambios administrativos.

En 2016, el investigador James Presley publicó The Phantom Killer: Unlocking the Mystery of the Texarkana Murders, donde construyó un caso exhaustivo a favor de la culpabilidad de Youell Swinney. El libro convenció a muchos lectores, aunque la prueba definitiva sigue siendo escurridiza.

La pregunta que perdura

¿Quién fue el Fantasma de Texarkana? ¿Fue Swinney, un delincuente conocido a quien su propia esposa situó en las escenas? ¿Fue alguien que nunca fue sospechoso, alguien que se reintegró en la vida ordinaria tras su primavera de violencia? ¿Murió joven, llevándose su secreto a una tumba anónima? ¿O vivió muchos años, leyendo quizás las crónicas periodísticas, viendo la película, recordando?

Cinco personas murieron por su culpa. Otras tres llevan las cicatrices —físicas y psicológicas— de haber sobrevivido a sus ataques. Ocho décadas de duelo familiar, de malestar comunitario, de un misterio que se niega a resolverse.

El Fantasma llevaba capucha. Todavía no podemos ver su cara.

En Texarkana, cada primavera trae consigo el recuerdo. Florecen las azaleas, el tiempo se templa, y en algún lugar de la conciencia colectiva, una figura encapuchada sigue vigilando desde los árboles, esperando a que las parejas aparquen en lugares solitarios.

El caso sigue abierto. El Fantasma sigue libre. El terror sigue sin resolverse.

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